Preparar el terreno
Uno de los primeros pasos consistió en reconocer cómo circulaba el agua por el lote y comprobar que las pendientes, cunetas y salidas permitieran evacuarla.
También se recomendó corregir depresiones, recuperar la firmeza de las zonas de tránsito y retirar piedras, rastrojos u otros elementos que pudieran perforar el plástico, sin remover innecesariamente la capa superficial del suelo.
Desde el INTA advirtieron que una alta ocupación del playón podía aumentar la capacidad de almacenamiento, pero también bloquear el drenaje y dificultar el acceso a una bolsa que presentara problemas.
En ese sentido, Cardoso recomendó “dejar al menos un metro libre entre bolsas contiguas y también entre sus extremos”. Según explicó, esa distancia facilitaba la inspección, favorecía el secado del suelo después de las lluvias y reducía el riesgo de que la maquinaria dañara una bolsa cercana durante la extracción.
Controlar los cierres y reforzar el monitoreo
Otro de los puntos considerados sensibles fueron los cierres de las bolsas, que debían permanecer visibles y accesibles.
Si bien el nudo podía representar una alternativa rápida, no constituía una barrera segura frente a un anegamiento prolongado. “El termosellado o las cintas específicas pueden mejorar la hermeticidad si se aplican correctamente y se controla el resultado”, explicó Cardoso.
El monitoreo debía reforzarse especialmente cuando ingresaran trigo, cebada o colza con humedad elevada. En esos casos, si no existía suficiente capacidad de secado, el INTA aconsejó prever los tiempos de espera y priorizar las partidas de mayor riesgo. Fuente: El Once



